Crónica de una locura que empezó hace un tiempo y terminó ayer. Un día como cualquier otro me había levantado especialmente energético y con un humor que cualquier trabajador envidiaría un lunes a las siete de la mañana. El cielo era una larga sábana de humo, pero ese inconveniente -al no sentir los remordimientos del ecologista- me importaba poco y nada; por dentro pensaba "qué linda es la vida ¡y la mañana, y la música!". Sentía el cuerpo vitalizado como si tuviese doce años; y para llevarle la contra a tan mal clima, la cabeza despejada me prometía una jornada cargada de pensamientos luminosos. Desayuné unas uvas, café con leche, jugo de naranja y unas tostadas, según es mi costumbre cuando no tengo apuros -y generalmente no los tengo. Salí a caminar unas cuadras para ganar la vida de la mañana y volví a mi casa contento como un bailarín descalzo. Armé un tabaco y hojeé el diario, imprimiéndole a mi mente la primera estupidez del día. Pensé: "Tengo que dejar de hacer esto; informarse así solo trae paranoia y pensamientos de oficinista. Lo único que lográs es hacer algunos chistes durante el día o aumentar la conversación en la mesa. Pero qué me importa el PBI brasilero o ese conflicto entre los gremios, ese juez con un anillo desgraciado o las nominaciones a los Oscar ¡Qué cosa horrenda!" y no pudiendo parar el encabalgamiento miserable generado por cronistas cegadores, seguía: "Consumir este tipo de actualidad es una forma más dilatada de contraer algún tipo de enfermedad cancerígena o psiquiátrica; es peor que fumar un atado de cigarrillos al día o sufrir de insomnio. Y hay libros escritos hace trescientos años que tienen más relación con la vida que estos panfletos del mal gusto multiplicados día a día como si fueran estimable panacea." No es difícil notar que a esa altura mi humor ya estaba tambaleando. Siempre me critico ser altamente susceptible, y también el hecho de encontrarme de repente hablando solo frente al espejo o tener esa costumbre de sentarme en un sillón a discutir frenéticamente y cara a cara con la proyección de mi desconfianza cuando algo me molesta, pero a veces logro evadirme; y -sin haber tomado ninguna pastillita- al rato el malestar se me había pasado.
Pero para el que está despierto y el que está dormido, no hay día que venga ausente de sorpresa: sentí que me habían pegado una cachetada en la nuca cuando revisé mi casilla de correo y leí un mensaje en el que me amenazaban de muerte. No parecía una cadena y hasta confieso que el mail estaba escrito con un estilo que no me fue desagradable. El miedo profundo al que sería natural sucumbir en tal circunstancia no me ganó la conciencia, porque razonando con calma de sociólogo a pantalón planchado y anteojos de artesano, noté que bajo ningún punto de vista tengo importancia como para darme el lujo de pensar que alguien podría estar interesado en mi muerte o en que pierda un brazo o una pierna. Me tranquilizó notar que mi secuestro no se canjearía por una suma voluminosa, que mi muerte sería dolorosa para pocas personas y que se transformaría en un episodio cualquiera -eso me hizo un nudo en la garganta y tragué saliva como si pariera a la inversa- de los panfletos que yo aborrecía ¿Pero qué enemigo o grupo asesino podría andar buscándome a mí, un perfeccionista del ocio?
Sin quererlo -mientras meditaba sobre las razones de semejante amenaza sin poder darla del todo por falsa y caminaba con los brazos dándome vueltas alrededor de la cabeza- abandoné voluntariamente el pensamiento moderado por estar ya aburrido de manotear pesados argumentos y fue entonces cuando una idea internacional me ganó la materia pensante "¿Y si hubiera una sociedad secreta encargada de eliminar silenciosamente a los individuos que cuestionan de forma práctica y cotidiana la conversión del hombre en un ser eficiente y modelado? ¿Si existiera un clan dedicado a suprimir por encargo a hombres que se niegan a estar conectados a los placeres cibernéticos? Podría tener algún problemita. ¡Pero de ahí a que vengan a buscarme a mí!" Es cierto que me había perfeccionado en eso de no abusar de la masturbación en línea, que me había cuidado -aunque no siempre- del morbo del facebook y la frecuencia militar del twitter, pero antes que yo, pensé, habría tantos y tantos otros por capturar: hippies convencidos, enfermos de remate, niños africanos ganados por la desnutrición crónica, ancianos que ignoran lo que es un modem o un cable, budas o chinos de la montaña, pastores ucranianos y una larga lista de personajes que sin duda me precederían en una virtual lista de sospechosos anti-evolucionistas. Ademàs, había revisado mis mails por la mañana, lo que demostraba que no era un negacionista ni un aislado, sino que utilizaba la tecnología en la medida que me trajese algún placer inmediato o beneficio futuro, cosa altamente recomendada por los psicólogos y los ingenieros industriales. Sobre el posible asesinato de mi persona: me tranquilizó saber que no tenía deudas con nadie. Y por ahora no había estafado a ninguna empresa. Llamé a una oficina del estado y pregunté si me perseguían por algún tema fiscal. Nada. La idea de una mujer desesperada queriendo matarme porque no soportaba más que yo esté en el mundo sin enamorarme de ella me pareció fabulosa, por lo irreal. La de que ese ser fuese un hombre me pareció menos ridícula, pero lejana ¿Che... y si estuvieran anestesiando a todos?
Aprender a navegar en la web requiere de una paciencia similar a la que se necesita para saber recorrer una ciudad. Solo así se logran vislumbrar sus cosas ocultas o su vida plena. El que aprendió a caminar una ciudad, sabe como hacerlo para siempre, esté en La Paz, Birmania o Nueva York. Hay que saber perderse, acostumbrarse a no ir siempre por la misma ruta, tener la voluntad de hacerle caso a un imprevisto, perder el miedo entrenando las piernas vagabundas, evitar las multinacionales, tener cierta técnica para no convertirse en un muñeco de guías predeterminadas, disfrutar descubriendo. Yo estaba más o menos al tanto de ese arte y busqué en la ciudad de la Internet el sobrenombre de la persona que me había enviado el mail, pero sin éxito. Desestimé Google porque solo tiene acceso al 0.03% de la información que hay en la red -por más que a vos te parezca ridículo, ellos mismos aceptaron hace rato este hecho crítico. Hay otras formas, aunque un poco más complejas, de realizar una búsqueda sofisticada por el cibermundo. Sin obtener resultados, pensé en que podría necesitar la ayuda de algún experto en esos asuntos, quien con su erudición y capacidad de zorro eliminase mis dudas más que nunca existenciales. Llamar a un abogado me parecía un escándalo -aunque amigo de la familia, seguramente me propondría que un juez emita una sentencia por la cual la comisaría nº tanto se tuviera que hacer cargo de mi seguridad, cosa que me pareció todavía más peligrosa. (Salvo el de enfermera, nunca me gustaron los uniformes).
En su "Ensayo sobre el Suicidio Mental", Arturo Paniagua -intelectual preclaro en las artes peronistas, médico nacional y popular que ocupa linda cúpula y matufia- dice con prosa salpimentada: "El umbral del dolor que puede soportar un humano es, según los experimentos más sofisticados en la materia, único e irrepetible. En casos menores y para exponer ejemplo al no mentado: no hay dos hombres que soporten la misma cantidad de milésimas de segundos la fija exposición a una llamarada sobre su dedo índice; no hay dos mujeres -por más cortesanas que hayan sido en esta o en vidas pasadas- cuyos límites de tolerancia del diámetro peniano sean compartidos. Hasta ahí en lo cotidiano; pero en casos más graves e intensos, cuando ese umbral -ubicado en una porción marginal de la corteza cerebral que los estudiosos han dado en llamar con gracia jamaiquina circunvolución del cíngulo- es rasgado física o mentalmente, el ser perece." Y más adelante, filosofando, Paniagua inmortaliza: "Hay un momento específico durante el cual el ser humano percibe que su vida corre un peligro inmarcesible y, aunque sean fuerzas externas las que en realidad lo acechan, hay sin embargo otras fantasmagorías de orden interno que crecen a lo largo del cerebelo alcanzando el epigastrio y se convierten en más dañosas que las primeras. La psique toma entonces la forma de una urna funeraria, anticipando el sentido final del desastre; la actividad eléctrica neurótica modifica el tamaño de los pezones y aumenta el caudal de baba en la boca; toda idea feliz se pasea en fúnebre coche desgastando la fisonomía del individuo antes radioso y todo momento agradable y calmo se transforma, por una variación en la recepción consciente del placer, en un episodio intensamente horrendo. Cualquier individuo golpeado por este monstruo moderno no tarda en sucumbir en la japonesa tromba del suicidio."
Esa mañana hice mal en leer tanto chamuyo. Pero yo dije: "Si alguien quiere asesinarme, mejor me mato yo mismo." Pero esa idea no duró mucho tiempo porque no tengo sentido del honor oriental y porque me gusta mucho el vino estacionado como para cambiarlo por el eterno polvo o el cajón cerrado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario