domingo, 22 de enero de 2012

Domingo

Me sacudo la mañana de los hombros; bostezo improvisando, hundo la cara en estos cuencos de agua giratoria. Busco ojos para el nuevo ritmo, pero el diario de hoy huele a nada como estatua ocupando la mitad de la tarde. Leer estas páginas de anuncios y opiniones es un riesgo que corremos todos: riesgo que te deja idiota -ah, pero tan despacio.
Un payaso de la radio consume la frecuencia que podría ocupar un artista.
Internet es saqueada por hombres y mujeres que crecieron de noche chupándole las tetas a la tele - fórmula de una mano acariciando el sexo, la otra el control remoto.
Paisaje de la mesa moderna: familia comunica, gracia prestada de todo chat y emoticones, sus deseos sus temores ¡Año nuevo, vigilante! Sonrisas para la foto que inmortaliza la decadencia de la sonrisa. Una mujer busca a un hombre que está en el cuarto de al lado, caldeando una aventura: hoy toda confianza se vende en tienda de anticuarios.
Mediodía que te sorprende a la sombra, entre carteles que repiten la cara efigie sobre la ciudad de caravanas. Secuencia de imágenes que promete un sueño bruto. De tanto merendar veo fascismo hasta en el pote de dulce de leche ¡Mamá qué mente podrida!
En alta fiesta desfile de máscaras incómodas, cuerpos nerviosos sacrificados al dios de mando nuestras modas ¿Yo, mascarita? Ganas de partir lejos, y otra vez descanso.


sábado, 21 de enero de 2012

Ab urbe condita

Hay un estafador que roba solo para perfeccionarse.
Hay un par de hermanitos persiguiéndose; agotan con sudor la hora ingenua.
Hay un guardián celoso en la puerta de la ciudad. Su voz de trueno repite: "Por acá vos no pasás."
Hay un juez señalando una ley antigua; sus aprendices orgullosos ejecutan la sentencia.
Hay una pareja iniciándose bajo el amparo de un árbol de quinientos años.
Hay un profesor que está enojado; sus alumnos se dispersan en la risa.
Hay una puta que se ofrece para dañar placeres.
Hay un padre cansado; su brazo cuida el caliente pan del armisticio.
Hay un loco gritando en una plaza; borrachos que lo insultan, borrachos que lo cuidan.
No hay la misma noche, no hay el mismo día.
Hay la humedad ganando un templo.
Hay una madre amamantando el fruto de sus entrañas.
Hay un río de los muertos y un río de los vivos. El vigilante del cementerio y la partera comparten cama.
Hay animales masacrados lentamente. Hay plantas consumidas por el fuego.
Hay un plato del que sale humito; hay una copa de vino a punto de derramarse.
Hay actores ensayando una tragedia.
Hay pintores esbozando a otros pintores.
Hay artesanos fabricando raros divertimentos.
Hay mujeres perfumadas y hombres transpirados.
Hay vendedores ambulantes Viandantes del Camino.
Hay viajeros que llegan para avisarte que
Hay un santo fumando en la terraza.
Hay la hora de la siesta y la hora loca.
Hay un filósofo en combate con los cielos.
Hay una boca que se está secando.
Hay un arquitecto especialista en puentes.
Hay un cuerpo meditando entre los ríos; su fe amaestrada es la correa que no vemos.
Pero así como hay agua estancada, hay agua que fluye.
Hay un médico curándose a sí mismo.
Hay rostros braseados y rostros hundidos en la sombra.
Hay una madre seleccionando fruta podrida.
Hay un comerciante que vuelve a casa con los bolsillos cargados.
Hay un pescador que vaga disconforme.
Hay un palacio y una choza de barro.
Hay dos bufones sobre la silla de un ministro.
En la misma esquina se cruzan
Un niño mendigando besos, una chiquita que perdió a su hermano.
Hay un mentiroso disertando sobre un púlpito; su mudo auditorio ignora la duda.
Hay un anciano que sufre el frío; su mujer cuida la armonía del jardín mientras ambos despiden la última tarde.
Hay un músico que camina espiando el horizonte.
Siempre hay un soñador a punto de ser despertado.

Hay la ciudad eterna como las costumbres.

viernes, 20 de enero de 2012

Ensayo

Esta es la historia de un hombre tan pero tan vanguardista que logró, casi sin quererlo, abandonar el pensamiento. Esa condición proyecta la historia del futuro; sin pretenderlo adelanta a los filósofos y a los gurúes.
Lo conocí hace no mucho tiempo. Es una persona soluble pero bien conservada. Imposible mantener una conversación con él. Tiene los ojos en otra parte y se dedica a la masturbación, al simple estar y a silbar como un pájaro. Su mujer lo alimenta sin recibir ni pedir nada a cambio, por puro placer de la costumbre. Ver cuánto y cómo lo quiere es casi esperanzador. Pensarán que sufre de autismo, pero el tipo es director de cine y si abre los ojos lo hace sólo cuando tiene la confianza de ver el mundo a través de una cámara. Su última película fue un éxito. El argumento es complicado; parece ridículo decirlo pero no hay un guión definido, y los actores, si es que se te escapa llamarlos así, podrían no estar enterados que aparecieron en un film delicado. El grupo de amigos que lo rodea -amigos que lo conocen desde esa época tan nefasta en que pensaba y peroraba con encabalgamientos y razonamientos hipotéticos- ignora que es reconocido en algunos países del extranjero. Su esposa logró mediante la más sutil de las estrategias evitar que la crítica se meta en su vida personal. Obviamente este hombre no da entrevistas, siempre se encuentra alguna buena idea para excusarlo de su presencia en tal o cual presentación o seminario. Camina por la mañana y por la tarde, pero sin preguntarse cómo hace un pie para seguir al otro. Tiene memoria, pero no cree en el pasado. Y creo que se mete en la ducha solo para ensuciarse distinto.
¿Quién soy yo para explicar los días de un hombre particular como ninguno? ¿No es un acto violento el mío, razonar la biografía de un erudito que alcanzó el esplendor moderno? ¿No entorpezco y rebajo su vida reduciéndola a un par de líneas? Cuando le expliqué a su esposa que tenía pensado estudiar su caso me dijo que sería tan ridículo como intentar analizar un libro haciendo una película.

Nunca lo vi escribir, pero tengo la sensación de que va a arrancar dentro de poco. Dar su nombre me parece innecesario. No me tomen por un estafador, la historia es real: se puede escribir sin pensar.

miércoles, 18 de enero de 2012

Algunas ideas sobre el cambio en la era informática



Los procesos de transformación en los modos de comunicarse se aceleraron, pero no hacen más que repetir antiguas relaciones.
Los modos de combatir la distribución de información pueden ser eternos; los modos de escabullirse, filtrar, evadir, combatir y compartir, serán también eternos.  La imaginación siempre fue más poderosa que un conjunto de leyes.
 A tener en cuenta: los que tienen el poder de censurar en la web son personas egresadas de universidades o personajes con puestos públicos elevados. Su tarea es restringir con un móvil económico. La excusa de proteger a los autores es en realidad la tentación de querer perpetuar a las productoras y las distruibidoras, es decir, a los intermediarios de bienes culturales, el sector más interesado en ganar rápido esta batalla.
Compartir es un deseo altamente humano y no hay ley que pueda frenar esa felicidad.
Anteriormente la copia o la distribución eran casos penados civilmente, actualmente se quiere hacer pasar como un hecho criminal.
Pueden demandar a un individuo, pueden demandar a una empresa o pueden demandar a una colectivo, pero no van a poder demandar ni frenar el deseo de compartir.
Pueden crear leyes aún más estrictas, pueden modificar los códigos penales, pueden amenazar con cárcel a los que multiplican la cultura, pero no van a lograr anestesiar el cambio.
El copyright nace con la Ilustración y el privilegio que el Estado otorgò a cierto autor de publicar tal obra bajo su nombre y recibir beneficios por ello. El copyright muere cuando las tecnologías permiten copiar gratuitamente un bien cultural para poder reproducirlo o transformarlo libremente. El copyright vive del límite. El anticopyright promueve la proliferación y el cambio.
En la Edad Media algunos libros eran encadenados y guardianes y altos muros los vigilaban.
Los escribas copiaban libros que eran celosamente guardados. Lectores ansiaban las publicaciones como ahora se ansía ver una serie o una película. (Qué publicacies, qué series o qué películas es una discusión que es todavía mucho más delicada.)
Pero hoy, esas cadenas que antes inmovilizaban libros como símobolo de poder, son invisibles: existen en las leyes que certifican derechos de autor y restringen contenidos. El estado legal encubre con apariencia intelectual un hecho altamente violento. El poder está en los bienes cultural y en personas que los manejen bajo nuevas formas de producción, poniendo en jaque el funcionamiento del sistema tal como lo conocíamos hasta hace unos años.
Hacia 1500, tiempito después a la invención de la imprenta, un viajero llegó a París queriendo vender unas trescientas biblias. Los franceses, al no estar enterados de la capacidad de copia exacta y ver que los volúmenes eran iguales, lo acusaron de magia negra. En este sentido, la copia es obra del Mal.

La invención de la videograbadora fue para los magnates de Hollywood un hecho reprensible.
El primer reproductor portátil de mp3 fue recibido con un juicio.
El bien y el mal ya no son la tierra o el cielo; viven plenamente en los dictados de una justicia o una moral.


Internet se creó con la premisa de compartir. Una de las primeras redes importantes en la década del 70 unía a científicos de todo el mundo que, al alojar sus estudios en una plataforma virtual, los compartían con todo aquel que pudiera acceder.
Una película de 100 millones de dólares puede ser copiada hoy por menos de 50 centavos.
Una vez que un archivo fue subido a la red, es muy difícil controlarlo.
La red tiene, en potencia, forma anárquica -no hay una computadora que tenga mayor capacidad de regulación que otra, no hay un usuario que regule los modos de compartir. Estas condiciones son posibles pero no necesarias; actualmente existen jerarquías marcadas.

La radio, los diarios, las películas, la televisión, tienen en su núcleo la condición de un emisor mucho más poderoso que el receptor, porque no hay diálogo posible entre ellos o esa conversación está altamente filtrada. Es un escenario parecido a este: un profesor de voz gruesa y vestimenta respetable, domina su clase con discursos herméticos; es él quien decide el momento en el cual los alumnos -palabra que significa sin luz- hablan o se callan. Pero la condición para que haya una clase es que se haya predeterminado un nivel de importancia en el discurso. Geométricamente esto se puede explicar con la forma del embudo o en términos de instrumentales la forma del megáfono. En internet, el antiguo alumno o consumidor puede ser también productor. Todo humano podría ser un artista, y no un ser pasivo. Ese intercambio no tiene que ser necesariamente un hecho económico.
Compartir es parte del ADN humano; nuestra reproducción depende de un flujo. La supervivencia depende de la ayuda mutua o la felicidad está en los otros.
Este escenario modifica de raíz las técnicas de relación, nos deja al borde de aceptar nuestra capacidad para modificar el mundo y agruparnos en condiciones novedosas. Lo más importante: entre un creador y su público comienza a borronearse la distancia.

martes, 17 de enero de 2012

Bondi

Ya lo dijo tu abuelo: "No hay mejor manera de viajar que convertir nuestras horas de sueño en un caballo con extremidades de alquímico" pero en la ciudad, para moverse de un lado a otro es más aconsejable subirse a un colectivo que dormir una siesta.

Eran las tres de la mañana y yo estaba en una esquina del mundo: Montes de Oca y Suárez, Barracas.
La noche húmeda se montaba en las espaldas de los caminantes como una madre celosa y los postes de luz emitían rayos intermitentes, pintando tajos fugaces en las caras de los paseantes rotos. Un pibe, sentado en la antepuerta de una casa y chupando una gaseosa, hablaba solo. Un ancianito cuyos lentes parecían cristales de telescopio esperaba el bondi encorvado como una banana, paciente como un roble; una mujer con cara de iguana, vestida para provocar la excitación de cualquier narcotraficante, en lucha espartana con su propio nerviosismo, caminaba de un lado a otro puteando con todo el cuerpo y no sé porque pero parecía a punto de hundirse entre el asfalto. Los autos que pasaban rayaban la avenida a velocidades camaleónicas. En la otra vereda un policía hacía su guardia nocturna manejando una bicicleta roja; no era otra cosa sino un silbato lo que llevaba entre los huevos, y su gorra de oficial le comprimía las circunvoluciones cerebrales, haciendo que su cara ganase en paranoia. De repente se bajó de la bici y se puso a charlar con un tipo gordo que parecía cualquier cosa menos inocente. "Qué noche" -pensé-, "estoy rodeado de tremendos personajes."
La luna vigilaba esta esquina loca con el cuarto de su potencia. El paisaje era el de un doldrum sublime y el clima invitaba a las reparaciones del sueño, pero mis ojos tenían el radio de dos lagunas y todavía estaba lejos de casa.
Antes de que pudiera enfriarme el disfraz de fastidioso, vino el colectivo - que vendría a ser en la ciudad algo así como el elefante, el pulenta de la selva- con su particular fanfarria de luces, orquesta motorizada, líquido de frenos al borde del default y un chofer altamente viperino. En los asientos no había otra cosa que la suciedad dejada por antiguos pasajeros y para quien pudiera verlas, la sombra de algunas viejas historias.

"1,20 por favor"
"¿Adònde vas?"
"Hasta Scalabrini Ortiz"
 Y con la amabilidad que uno espera de cualquier trabajador nocturno, me dijo -mirándome por el espejito del que colgaba un horrendo juguete de Boca: "Es 1,25, flaco. Si querés pagar 1.20 te bajás en Constitución."
 "1.25 por favor."
Para impacientarlo un poco y hacerle notar que la más leve acidez a mi piel la perturba, puse las monedas con lentitud de monje.


sentado al fondo una butaca de falso cuero la vida que se te escapa y de repente semáforo en verde y la sensación te come y el vértigo te nace en un punto inasible del cuerpo que no es la cabeza ni el pecho sino esa conciencia del tiempo en cada mito de los músculos, el motor que se te funde en los huesos y la cabeza que golpea de repente la ventana. Placer de la frente contra el frescor del vidrio, alivio del viento sobre un sudor que no termina de formarse, ronroneo de una ciudad nunca en entretiempo,


En la parada de Constitución se subieron (lo dispongo como se hacía en los trabajos prácticos de la secundaria):

a) Un travesti acompañado de otro travesti, fórmula que no da dos travestis, sino dos personas que se acompañan a casa después del trabajo. Riendo, con ropa de carnaval, chamuyaron al chofer y pasaron gratis.
b) Un moreno más morocho que la última noche; los dientes de marfil de africano y argentino, paso lento amagando la estampida, brazos de boxeador manos de leche, auricular en una oreja y remera adidas pegada al cuerpo. Un maletín me hizo suponer que era vendedor ambulante.
c) Un idiota
d) Una abuela y su nieto o una madre y su hijo o una loba y su presa, o qué se yo viejo ya es tan tarde.
Lo bueno de ver subir a personas raras como amuletos es que la imaginación se erecta, fecunda el misterio, poliniza el desorden en este templo nuestro cerebro. Para el curioso, la vida en la ciudad siempre tiene algún encanto. No me gustan las frases totales pero en Buenos Aires no dejo de comprobar que mientras más miserable es la vestimenta de una persona, más expresión hay en el rostro, más dicen las arrugas arriba de la frente, más cuenta la boca cerrada como un cofre; que donde hay dolor hay siempre una historia, que el dolor transforma visiblemente al cuerpo y que me gustaría tener la técnica para descifrar toda esa carga.


Me bajé una parada después de Scalabrini y agarré la calle Malabia. Y mientras caminaba de vuelta a casa me asaltó una felicidad enorme, un cambio en la disposición del ánimo que te convierte de repente en un santo o en un niño, momentos raros que te hacen pensar que la propia vida es el único y suficiente regalo, que estar en movimiento es mucho más que un milagro. Vi la pendiente que dibujaba la calle, la luz templando el ámbito cerrado de la noche como un sueño, los árboles ensayando sin saberlo un paraguas hermoso y me vi también caminando por ahí en secuencias interminables, como un artista que repasa y repasa sobre el lienzo una misma línea que pareciera después de todo agotarse en otro cuadro. Abrí la puerta y vi un pasillo. Me acordé de las palabras que él me decía: "Para conocer una ciudad tenés que mirar siempre hacia arriba y atravesar todas las puertas que encontrés abiertas." Loco ¡es mambo de no acabar nunca!






lunes, 16 de enero de 2012

Farsa

Estando yo en la ciudad siria de Alepo (voz que en árabe significa leche fresca) mi amigo Abu Abd-Allah Muhammed el-Gahshigar -mientras caminábamos tomados de la mano por la terraza de su domo y disfrutábamos de la última hora de la tarde contemplando el declive de actividades en el zoco- me decía con su voz fresca: -Los fumadores de hachís están corrompiendo con su pereza el correcto funcionamiento del mercado, situación desagradable para comerciantes como yo e incluso para el mismísimo sultán, quien espera de estos negocios un tributo anual que supera por diez veces los cien mil dinares de oro. Dedicados a la ensoñación, esos brutos entorpecen el libre comercio y promueven la vida quieta bajo el sol augur del Ramadán. Preveo con tristeza que este año los trescientos eunucos del califa golpearán y derribarán las puertas de los vendedores de pescado y de piedras preciosas y de dulces y de telas, saqueando los puestos y apoderándose a la fuerza de lo convenido entre las partes. Los deudores serán ejecutados en la plaza pública y serán apedreados hasta que la sangre nos bañe el rostro, según recomienda el Libro de los Libros. Mi intención es esperar que el disco de la luna complete su ciclo para poder así despachar a los ociosos y enviarlos en caravana hacia Bagdad, ciudad de los delirios. Esa será su salvación y también la nuestra, ¡oh extranjero! Por otro lado, quisiera que mañana me acompañaras al hamman, donde me cité con los altos comerciantes que participarán en esta empresa. Yo contesté: -Oír es obedecer.

Esa misma noche Muhammed el-Gahshigar quiso que me desposara con una de sus esclavas como agradecimiento anticipado por mis futuros servicios. La oferta me pareció excesiva y además no sabía cómo iría yo a ayudarlo en semejante obra, pero terminé aceptando. La muchacha era dulce como el melón, su cuerpo más liviano que una hoja de primavera y su belleza superaba la de la luna espejada en un mar de oro. Luego de los rituales que caben en la fórmula llegué a la habitación donde me recibiría mi nueva esposa. Y al abrir las dos puertas de la cámara de los placeres, la vi, graciosa como olvidarse del tiempo, bailando y dando saltitos, envuelta en trajes delicados, bañada en aceite de argán y perfumada según la usanza de las mujeres sirias. Después que la hube penetrado con mi zib unas diez mil veces, entre risas de los dos, pidió más. Excitado y sin que mi nuevo tesoro lo sospechase, repetí la operación en número exacto. Ya cansados y mirándonos a los ojos, mientras ella jugaba con sus pequeñas manos sobre mi pecho desnudo, conversamos. Con infinito agrado comprobé que conocía los tratados de Astronomía más complejos y que era adicta a la doctrina de los Siete Sabios. Como si esto fuera poco, recitaba a los poetas famosos con técnica insuperable; así sus labios me hicieron olvidar durante una noche completa los dolores del mundo. El día siguiente no fue menos feliz. Abrí los ojos y mi esposa ya no estaba, por lo que me levanté sereno y me dispuse a encontrarme con Abu Abd-Allah en el baño Yalgamma, salón cuya fama en el mundo árabe es similar a la que ostenta el Coliseo romano en el mundo Occidental. Desayuné según mi capricho durante una hora. Después me enteraron que mi amigo había dado la tarde anterior algunas órdenes precisas a sus esclavos, por lo que fui escoltado hasta el hamman por quince negros del color de la más turbia noche y quince mujeres que prefiguraban la dicha del Paraíso. Entonces yo grité, mientras cruzaba la ciudad montado en un caballo blanco cubierto de pedrerías sublimes: -¡Oh, Rey del Tiempo, delicado comerciante, compañero exquisito, que la paz de Alá y del profeta Mahoma esté con tu persona y que la noche última nunca gane la gloria de tus ojos fieles!, agradeciendo al cielo de esta forma exagerada el trato de mi amigo.

Ya en el hamman, unos masajistas nos acomodaron. La reunión tenía entre los presentes a los comerciantes más destacados del zoco, cuyas fortunas y esclavos juntos no caberían en toda la amable extensión del territorio griego. Y hablaban todos y discutían en un lenguaje que a mí me resultaba extraño y cuando ya no sabía de qué estaban conversando mi amigo Abu Abd-Allah giró hacia mí y dijo con el tono exacto con el que se da consejo a un mulo: - Irás a la ciudad de Bagdad, liderando la caravana de los fumadores de hachís. Una vez que hayas entrado en la ciudad, buscarás al visir del sultán y con las más suaves y delicadas palabras que consigas extraer de tu cerebro le dirás que solicitas una audiencia con su dueño. Hecho esto y concedida la visita, entregarás al sultán esta carta sellada en nombre mío y de estos caros señores. Si el resultado de tu embajada es favorable, volverás a Alepo y te recibiremos con honores y festejos por haber salvado de un mal año nuestra ciudad eterna. Como recompensa dejaré que te cases con otras dos esclavas que sean de tu agrado, te daré un palacio que ensombrezca por su gloria al mío y también te regalaré, ¡oh extranjero! una bolsa con monedas de oro equivalente al peso de un tigre en edad madura. Y yo contesté, según la tradición: -Oír es obedecer.

Dos días más tarde partí hacia Bagdad. La comitiva contaba con doscientos esclavos a mi mando y el número precioso de tres mil fumadores de hachís reclutados sin esfuerzo por la guardia civil y los eunucos del sultán. En la puerta de la ciudad di un discurso que no voy a referir, aunque sus objetos principales fueron el éxodo y la felicidad. La distancia hacia Bagdad era de unos mil kilómetros; calculé que lograríamos hacer el viaje -teniendo en cuenta que los fumadores iban a pie, solo una minoría iba montada - en el curso de dos lunas. Consideré prudente llevar conmigo, como seguridad y compañía durante el viaje, un cofre que me había regalado mi esposa y que según su consejo debía abrir sólo en momentos de peligro o de extrema necesidad. Así, iba a todos lados con ese hermoso cofre tallado en madera india y procuraba esconderlo del resto de los mortales por considerarlo un tesoro invaluable.

Durante la primera noche de campaña, para entender a fondo a esos que estaban bajo mi mando, hice llamar a la tienda a través de un secretario al más famoso de entre los fumadores de Siria, quien, según la opinión encontrada de los sabios y los ignorantes –feliz coincidencia de la cual ya estaba al tanto-, era parte de mi ilustre caravana. El adicto en cuestión era un hombre maduro, de larga barba en forma de camaleón, y sus ojos hablaban un idioma sublime que no se descifraba fácilmente. Arrodillándose y quitándose un turbante del color de la serpiente, se presentó en mi tienda con estas palabras machistas (tengo que decir que un traductor hacía de intermediario entre nuestras ignorancias): -Soy Ibn Al-Kamal. Mi fuente es el bálsamo constante y mi tierra la ciudad de Alepo, la mística, donde las mujeres se rinden a la gloria de Alá y los hombres se ejercitan en la virtud y la constancia.- Mientras con la mano izquierda acariciaba la pequeña caja que me había regalado mi esposa, le dije: -Fumador, te hice llamar por mis vasallos en la quieta noche con el único objetivo de encomendarte mi entrenamiento en el arte que los tuyos practican hace siglos. Es necesario que sepas que viajaremos durante sesenta días con sus noches bordeando primero el lago Thartar y descansando consecutivamente en las ciudades de Al Bukamal, Subaykhan y Ar Raqqah. Abrevaremos por vez última en las livianas aguas del Sabkhat Al Jabbul, favoreciendo con ese néctar de juventud nuestra ansiada entrada en Bagdad. Pero mi temor es este: ¿tendrán los tuyos suficiente hachís para abastecerse durante el tiempo que nos lleve la embajada?- Y Al-Kamal, luego de escuchar la versión de mi mensaje filtrada por el traductor, respondió: -Cada uno de los fumadores lleva consigo provisiones para sostenerse durante un año con sus noches.- -¿Es que no pueden-, pregunté, -abandonar ni un día esa actividad?- Y Al-Kamal dijo en tono grave: -No es recomendable. Zoroastro, el sabio, llamaba 'el buen narcótico' a este caramelo que para mi tribu es sagrado. Cuando se está bajo sus efectos, el tiempo circula en pliegos de satisfacción, la sangre obtiene su templanza perdida, el cuerpo se dispone a los placeres locos y la pesadumbre de la vida se convierte en dicha del presente. El olvido fecunda la mente con su antigua fórmula y la memoria, esa valija de fuego, escapa aturdida por lo volátil del milagro. Pero en ocasiones la dicha no es cosa alegre; aunque sean escasos, existieron, existen y existirán casos de fumadores perdidos para siempre en la ensoñación giróvaga; sus ojos devorados por las llamas dejaron de ver y sus corazones mutaron en piedra y sus cuerpos, saqueados para siempre, abandonaron lentamente nuestro mundo de circulares días y noches ¡Que así sea para esas víctimas, porque su estrella y su final estuvo escrito desde siempre por el sublime, el Soberano de los Tiempos: y quiera Alá que nunca se agote sobre la tierra el nepente de mi devoción!- Con esas lúcidas palabras el fumador demostró ser más sensato de lo que yo creía y ganando así mi confianza, comenzamos en ese mismo instante mi entrenamiento. Fumamos de su larga pipa, mientras me hacía repetir con voz de ciervo las palabras rituales…"AchinacaTulai, AchinacaTulai".

Cuando desperté me sentía aturdido. Vi que en mi mano derecha, donde antes estaba la pipa, había una hermosa llama color rubí que misteriosamente no lastimaba mi piel. A pesar de la belleza de la llama mi desesperación era grande, ya que en mi cuerpo se había operado un prodigio sobre el cual no encontraba explicación ni causa aparente. Aterrado, busqué entre mis pertenencias el cofre que mi esposa me había regalado, cofre que según sus palabras me salvaría en el momento indicado de los peligros y los males de este mundo. Cuando lo encontré mi desolación fue suprema...¡el cofre se había transformado en un volumen del Timeo de Platón! Salí de la tienda y comprendí que estaba solo, abandonado a mi suerte en el centro del desierto. Pasaron los días, pero antes que la sed me ganara completamente los tejidos me encontraron unos eunucos horrendos que formaban parte de una caravana miserable. Los eunucos, a través de un fuego atmosférico, me arrastraron como a un perro y me tiraron a los pies de su señor, quien accedió a sacarme del desierto en condición de esclavo. En el zoco de una ciudad famosa por su leprosario me vendieron al precio de una ganga cualquiera y a partir de ese momento serví como espectáculo de feria en todos los países árabes por la llama que hasta hoy continuaba en mi mano izquierda, ardiendo sin doler. Quince años pasé en la servidumbre y la humillación. Hoy esa llama siniestra desapareció. (No me parece accesorio aclarar que escribo esta memoria con la mano derecha.) En mi mano izquierda, donde antes había huesos, carne y piel, hay un agujero abominable que es como una ventana a los misterios corporales. Es evidente que en estas condiciones no resulto de ninguna utilidad para mi actual amo, quien me acusó de haber apagado la llama de manera voluntaria. Mi cara ya no tiene su orden natural: es como un pergamino esférico tajeado por los climas inhóspitos de la zona del Punjab; mi cuerpo es la aberración de lo que era. Fui liberado, pero ya no quiero ser humano. Mi jornada en la tierra se agota. Ahora me dispongo a enfilar hacia el desierto, en donde tengo pensado hundirme para siempre, hasta que mi cara se convierta en arena y mis huesos sean partículas dispersas que reflejen la indiferente potencia del sol.


viernes, 13 de enero de 2012

Cruce de razas

Un viejito que caminaba hoy por la calle con bastón, pantalón de gimnasia y camiseta blanca me paró en seco y me dijo con una voz caldeada por la sangre -porque se me había caído una moneda al piso y yo no la había levantado:
" No sé si usted sabe que hay pobres tan pobres que llegan al extremo de ser compadecidos por personas que viven en ranchos donde la malaria es moneda de cambio y el hambre cosa más que frecuente." Y mientras me mostraba la edición del diario de hoy seguía perorando: "Me causa rabia, sí ¡rabia! escuchar periodistas, antropólogos y sociólogos hablar de la 'era cibernética' y 'del amor en los tiempos del facebook' cuando estadísticamente la mitad de las personas de este mundo no usaron siquiera un teléfono y un cuarto de ellas en vez de tener en la cabeza esos problemas virtuales tiene otros inmediatos como la sed. Definitivamente nos están anestesiando. Yo no estoy en contra de la tecnología, no te creas, no pibe." Y el viejito sacó y empezó a bambolear un celular como si con eso diese cierto testimonio. A mi me parecía un loco lindo y lo dejaba seguir: "Mi señora y yo tenemos solo lo indispensable y si no fuese por la costumbre y algunas manías tontas me conformaría con la cama, la mesa y la pavita del mate nomás." Ya con tono cansado -como si ese discurso hubiese sido el ejercicio físico más grande que hubiese hecho en los últimos ocho años y viendo que yo no tenía ninguna intención de discutir absolutamente nada- me dijo: "Andá, no me hagas caso. Soy un viejo tonto y me estoy quedando sin fuerzas. Salir con este calor es casi un acto irresponsable. Tendría que ir a dormir la siesta." Entonces se fue con lentitud heroica, mientras las horas que le quedaban de vida se evaporaban junto con el calor de tantos rayos ultravioletas. Yo, con las dos manos en los falsos bolsillos, pensaba en que calmar la sed sería lo único que me convendría, a esa hora y con la cabeza quemada.